Una vida escrita en dos mundos
Wilella Sibert Cather nace en Virginia en 1873, pero su verdadero paisaje interior empieza a los nueve años, cuando la familia se traslada a la pradera de Nebraska y ella descubre, de golpe, la extrañeza del horizonte abierto, los inmigrantes bohemios, escandinavos y checos, y la lengua inglesa aprendida a la intemperie. De ese choque saldrán O Pioneers! y My Ántonia, las dos novelas de la primera fase: la que Cather llama, muchos años después, «el libro de los campos».
Entre 1906 y 1912 trabaja como editora en la revista McClure's de Nueva York. Es el oficio que la forma: aprende a escuchar la prosa, a leer a gran velocidad manuscritos ajenos, a escoger títulos y a juzgar una novela por los primeros tres párrafos. En 1912 deja la redacción y publica Alexander's Bridge, una novela urbana que no le gusta y que luego llamará «mi novela sobre algo que no conocía».
El segundo movimiento llega con el Suroeste. A partir de 1912, Cather viaja repetidamente a Arizona, Nuevo México y Colorado. Queda fascinada por las ruinas de las culturas ancestrales del acantilado, por el paisaje luminoso y duro de la mesa, por la historia secreta de los misioneros franceses. De esos viajes nacen The Professor's House (1925) y, sobre todo, Death Comes for the Archbishop (1927), la novela que convierte la vida del obispo Lamy —personaje histórico real— en una suerte de liturgia del paisaje. No es novela histórica, aunque lo parezca: es un tratado espiritual disfrazado de crónica.
Tras la Primera Guerra Mundial, Cather entra en lo que ella misma describe como un «segundo lenguaje»: el estilo se desnuda, las descripciones se comprimen, los capítulos se acortan. Confiesa en cartas su admiración por los frescos de Puvis de Chavannes en el Panteón de París —superficies planas, narrativas episódicas, figuras detenidas en una luz constante. Esa influencia pictórica organiza Death Comes for the Archbishop y explica por qué, hoy, la crítica la lee como una de las precursoras del minimalismo americano. De Cather aprende Marilynne Robinson; de Cather aprende —por negación— el McCarthy del Meridiano.
Muere en Nueva York en 1947, sola, tras haber quemado buena parte de su correspondencia. Quedan sus novelas y un puñado de ensayos en los que explicó, sin coqueterías, una sola idea: que la gran novela norteamericana es un fresco, no una película.